El primero que lo vio fue el Pájaro. Estaba sentado sobre una de las barandas de la Rambla Catalunia, mirando hacia la calle, de espaldas al río, y empezó a reírse
¡Mirá quién viene allá, Agu! – alertó, divertido --¡No me digás que ya se volvió el pelotudo!
Agustín se incorporó y frunció el ceño, mirando hacia la vereda de enfrente, hacia la zona de la bajada Puccio.
--¿Dónde?—preguntó--. ¿Quién viene?—le transpiraba mucho la nariz, como si golpear las alpargatas contra el piso para sacarles la arena que se le había deslizado adentro mientras cruzaban la playa le hubiese representado un esfuerzo inaudito.
-- El Faca, boludo…
--¿El Faca?—empezó a reírse también el Agu, buscando con la vista las dos alpargatas suspendidas en el aire sostenidas por los talones--. ¡No me jodás!¡Se volvió el boludo!—en seguida lo buscó al Pachu, para avisarle. El Pachu estaba un poco más allá, siempre un poco ausente, menos entusiasta, observando una moto estacionada.
¡Faca!—llamó el Pájaro, agitando los dos brazos en el aire, sin bajarse de la baranda. El Faca, alto, desgarbado, con una malla multicolor demasiado amplia para su físico, lo vio y cruzó a grandes zancadas, la sonrisa ancha, gambeteando los autos que pasaban lentamente.
Agustín salió a su encuentro, calzándose de apuro, abriendo los brazos de forma aparatosa. El Pájaro saltó de la baranda la calle y también se acercó, despegándose del culo la malla aún mojada. Incluso Pachu vino, lento, con una sonrisa torcida en la boca. Abrazaron al Faca, le pegaron algunas palmadas dolorosas en la espalda, unas cuantas trompadas en los antebrazos, riéndose a los gritos y puteando generosamente.
--¿Qué hacían, loco? – preguntó el Faca.
--¿Vos que hacés, boludo? –replicó el Pájaro--. ¿Ya te volviste?
--No…--metió su bocadillo el Pachu--. Si está todavía en Brasil…
--¿No te ibas a quedar como veinte días?
--Me volví, boludo, me volví—se reía, casi tristemente el Faca--. No aguanté y me volví, no me la bancaba allá…
--Pero te fuiste…--el Agu contó con los dedos—el jueves…¿el jueves te fuiste?
--¿Cuatro días estuviste?—se asombró el Pájaro.
--El miércoles me fui. Al día siguiente del partido.
--Semejante viaje para estar seis días nada más…
--¿Te fuiste en avión?—preguntó más interesado el Pachu.
--¿Qué en avión?—se contorsionó en Faca --.¿Estás en pedo vos? En Bondi me fui, con el Omar me fui.
--Tuviste dos días de viaje, entonces, por lo menos…
--¡Más!—exageraba el Faca--. ¿Qué sé yo? Como mil días estuve viajando, para colmo al bondi no le andaba bien el aire acondicionado.
--¿Y por qué te volviste, boludo?—apuró el Pájaro--. ¿No te gustó allá, se te terminó la guita, qué te pasó?
--Me vine, boludo, no me la aguantaba – se puso serio el Faca --. Quería estar acá. Allá iba a ser mucho peor…
--¿Por qué te parece que se volvió?—preguntó sobrador el Pachu.
--El partido, nabo – aclaró Agustín--. ¿Por qué otra cosa iba a ser?
--El partido, Pájaro – Faca le pegó una trompada casi en el hombro al Pájaro.
--¿No me digás que te viniste por el partido? – lo midió Pájaro.
--¡Y claro, loco, qué te parece!¡Cuándo mierda vamos a llegar a otra final de la Conmebol, nabo!—gesticuló Faca.
--¡Eso es un canalla, carajo! – vitoreó Agustín, dando grandes vueltas por la vereda, exultante --.¡Vamos, Faquita, todavía!
El Pájaro los miró con conmiseración. Enarcó las cejas.
--Mirá si yo me voy a venir de Florianópolis para verlo a Central por más final que sea… Con las playas de allá, la caipirinha, las garotas de allá…
--¿Las garotas? – frunció la cara, escéptico, el Faca--. No te dan bola, forro. Te ven que sos un pirincho, que no manejás una moneda y te escupen en la cara…
--¿Y cómo se dan cuenta de que vos no tenés un mango si estás en malla, boludo?—se rió el Pájaro --.¿O vos te bañás en calzoncillo?
--Se dan cuenta, Pájaro, son bichas esas minas, se apiolan…
--Vos tenés que robar con el físico, Faquita – dijo muy serio el Pachu.
--El Omar, al toque, el primer día que fuimos a la playa – contó Faca – se levantó una negrita, que era un mono, boludo. Un mono era esa mina, te juro, de cuarta la mina, y tenía un olor a rancio que no se soportaba…
--¿Y qué hizo el Omar, se quedó o se vino con vos?
--Se quedó, se quedó. Para él no había problema. Si es lepra. ¿Sabés como me gastó? Toda la semana me gastó. Además me reputío parejo porque yo me venía.
--Lo dejaste en banda.
--Y que querés, no me la bancaba. Ayer a la mañana ya me agarró una desesperación por venirme… Después de todo, escuchame… ¿Cuántos partidos de mierda hemos ido a ver, incluso cuando Central estaba en el descenso, contra cualquier choto desconocido? ¡Mirá si no voy a ir ahora!
--Pero no había que remontar un cuatro a cero abajo como esta vez, forro, no te olvidés de eso – lo trajo a la realidad el Pájaro, pragmático.
--¿Y qué importa? – se encogió de hombros el Faca --. Lo mismo hay que ir a la cancha. Por lo menos para demostrarles a los lepras que no somos pechofríos como ellos, que podemos llenar el estadio aunque nos hallan cagado a goles…
--Ojo que ahora ellos se la bancan mucho, ¿eh? – advirtió el Agu, serio, como quien revela algo que no debe ventilarse. Mi viejo dice que ya no es como antes.
--Antes no llenaban ni la bandeja de arriba.
--Eso me decía el Omar, loco. ¡Qué insoportable que estaba ese hijo de puta!
--Eso te pasa por viajar con leprosos.
--Oíme -- dijo el Agu --, ¿por qué no vamos a un lugar a la sombra, que aquí hace un calor de cagarse?
--Crucemos a la isla y nos tomamos una sangría – propuso Faca.
--Dejame con la isla, es un quilombo la isla – Pachu fruncía la cara, como con asco.
--Hay mucho careteo.
--Pero están las mejores diosas.
--Tenés que tener lancha para levantar algo allá.
--¿Tanto han cambiado las cosas mientras yo estuve en Florianópolis, che? – frunció las cejas el Faca.
--Vamos al bolichito de enfrente – señaló el Agu --. Nos tomamos una cerveza. ¿Trajiste guita, no Faca?
--Ni un mango. Le dejé casi toda mi guita al Omar. Me dio no sé qué haberlo cagado y se la dejé a él.
--¿Será posible con este pendejo? – resopló el Pájaro--.Cuando ya creíamos que nos lo habíamos sacado de encima, se vuelve y encima hay que aguantarlo con la cerveza.
El Faca le pegó una patada en el culo.
--Así le va a pegar el Polillita mañana, forro, cuando meta el quinto.
Iban cruzando la avenida de doble mano, sorteando los autos, algunas motocicletas en extremo ruidosas, los chicos pedigüeños que acomodaban los autos, algún fisioculturista bronceado y con vincha flu que llevaba su kayac al hombro y los innumerables perros de los pocos ranchos que quedaban en la barranca. Se sentaron alrededor de una mesa de un chiringuito nada sofisticado y pidieron dos porrones. El Pachu, que se había enrollado la remera en la cabeza a título de turbante protector, puteaba porque se había dejado un par de billetes guardado en el bolsillo de la malla cuando se metió al río.
--Te digo que yo le tengo fe a Central para mañana – meneó la cabeza el Faca, la mandíbula sacada hacia delante--. No sé, yo le tengo fe.
Los otros se rieron.
--Y,,, -- analizó el Agu--, con algo te tenés que dar manija para justificar el haberte venido como veinte horas en bondi desde Florianópolis. Porque si lo pensas fríamente te tenés que matar.
--Los negros arrugan, Agu—dijo el Pachu, mirando para otro lado --. Arrugan los negros. Cuando salen de Brasil se cagan en las patas. Esperá que aparezcan por el túnel del Gigante, y vean las banderas, y vean las tribunas, y las bengalas, y las bombas de estruendo, y les va a agarrar un cagazo que ni te cuento.
--Oíme, Pachu – dijo el Pájaro --, estamos hablando del Mineiro, boludo. No estamos hablando de Deportivo Pedal de Perú, ni de Argentino Morning Star. Estos negros tienen un estadio más grande que el nuestro y están recontraacostumbrados a jugar frente a setenta mil personas. ¿O qué te creés? No son como los otros equipos chotos de la Conmebol. Éste es un equipo en serio.
--Se cagan – insistió, blindado, el Pachu.
--Mirá – dijo el Pájaro--. ¿Yo sabés por qué voy? Por los muchachos, viejo. Se han roto el culo todo el campeonato sin que le paguen un mango, han llegado a la final de la Conmebol…
--Por el Negro Palma – aprobó el Agu.
--Y por lo que decía el Faca – completó el Pájaro--. Para que los leprosos no digan después que nos borramos cuando la mano viene jodida, por eso.
--Uy, vos no sabés cómo estuvieron los lepras acá – el Agu reclamó la atención de Facundo--. Vos te salvaste porque te fuiste a Brasil.
--Yo huí, rajé, me hice humo – se rió nervioso Facundo.
--Porque viste que ellos se habían quedado bien en el molde durante toda la Conmebol. Que era una Copa de mierda, que era una bosta de torneo y todas esas cosas, decían…
--Tenían razón—admitió el Pachu.
--Tenían razón, pero cuando perdimos con Mineiro allá en Brasil…¡ahí aparecieron todos! ¡Ahí aparecieron todos os hijos de puta!—Agustín se adelantó en su asiento como impulsado por un resorte, imprevistamente furioso y señalando hacia sus espaldas con el dedo pulgar, como si allí atrás estuvieran ellos.
--¡Cómo nos gastaron los guachos!—se agarró la cabeza el Pájaro--. Que no le habíamos ganado a nadie, que apenas cuando jugábamos contra un equipo más o menos ya éramos boletas… Vos no sabés…
--No me jodás – el Faca se mordía el labio inferior, como apesadumbrado por su propia deserción --. Me imagino, me imagino, loco.
--Y esperate mañana a la noche—el Agu levantó su mano derecha en el aire como advirtiendo que aún no se había sufrido lo peor--. Esperate mañana a la noche apenas termine el partido porque van a salir a festejar, van a salir a festejar mañana a la noche…
--Ya dicen que se van a reunir en el Monumento…
--El tío de Luis, que es lepra fanático, ya le dijo a Luis que se van con la radio al Monumento desde que empiece el partido, a esperar el final…
--Y…ésa de Vesco brindando con champán en Córdoba y Corrientes la tienen acá—recordó el Pájaro tocándose el cuello con el pulgar y el índice de la mano derecha.
--Cuando ellos perdieron la final de la Libertadores – aprobó con la cabeza el Faca--. El penal de Gamboa.
Se quedaron en silencio. Una ominosa angustia había caído sobre el grupo pese al ambiente distendido que los rodeaba, de chicas en bikini, familias haciendo picnic, bocinazos desde los coches que circulaban por la Rambla Cataluña.
--Hay que hacer algo, loco – no se resignaba el Faca.
--¿Y qué vas a hacer, boludo? La única que nos queda es ir a gritar y a armar quilombo en la cancha y nada más. Para que se asusten los negros.
--Ir esta noche a armar quilombo frente al hotel de ellos, boludo. Eso hay que hacer, para que no apoliyen.
--¿Dónde están?
--En el Riviera.
--Duermen dos horas más a la mañana y se acabó la joda, boludo – desestimó práctico el Pájaro.
--No. Otra cosa – se restregó las manos el Faca--. Alguna brujería, algo de eso.
--A los brasileños, justamente – se río Agustín --, que son los reyes de la macumba. ¿Te pensás que no habrán sacrificado más de doscientas gallinas para cagarnos bien cagados esos hijos de puta? ¿No viste esos documentales sobre brujería, vos?
--¿No agarran el Discovery Channel en tu casa, forro?
--Qué sé yo – se frotó las mejillas el Faca--. Te juro que estoy desesperado. Ustedes jodan pero si yo pudiera ponerme a llorar, me ponía.
--Ah… ¿Y vos te pensás que yo no?—se adhirió imprevistamente emocional el Pachu.
Volvieron al silencio cortado de tanto en tanto por algún lamento futbolístico, como preguntarse por qué no se habrían vuelto del Mineiro con algún gol en contra menos, un tres a cero, sin pedir mucho, para albergar alguna mínima y pequeña esperanza en el partido revancha.
--Solamente un milagro, loco – se estiró el Pájaro, desperezándose sobre la silla de metal.
--¿Y la iglesia?—preguntó, entonces, el Faca, casi tímidamente, como avergonzado de su debilidad.
--¿Qué iglesia? – respondió el Pájaro, no obstante respetuoso.
--La iglesia, la iglesia – abrió los brazos, el Faca, --. Ir a la iglesia, rezar, prometer algo.
Lo miraron.
--Mi abuela… -- se apresuró a argumentar el Faca, alentado por el silencio condescendiente de sus amigos – decía que ella siempre le pedía cosas a la Virgencita y que la Virgencita nunca le fallaba…
--Así le fue a tu abuela. Se cagó muriendo.
--¡Yo digo, boludo! – se envenenó el Faca--.¡Por lo menos propongo algo, ustedes no dicen un carajo, no se les ocurre nada!
--También vos proponés cada pelotudez…
--Hay que admitir que lo de l iglesia es un clásico – reflexionó Agustín--. No al pedo es una institución que se ha mantenido tanto tiempo.
--No al pedo va tanta gente – se unió Pachu.
--O hacer alguna promesa – terció el Pájaro.
--Después las promesas no se cumplen – desestimó Agustín--. Si se pierde, pierden las promesas. Y si se gana, ganan los jugadores; entonces no les das pelota…
--Este pendejo… -- el Pachu señaló al Faca – hizo la promesa de que si le ganábamos a Ñuls no se iba a hacer más la paja durante dos meses y no la cumplió. A los dos días ya estaba…-- Pachu cerró el puño derecho como quien toma un cilindro y lo meció en el aire, subiendo y bajando.
--¿Qué perdemos, boludo? – insistió el Faca, sin prestar atención al Pachu--. Vamos a pedirle a la Virgencita…
Se quedaron en silencio. El Pájaro se toqueteaba un granito de la frente, los ojos perdidos en el verdor de la isla.
--¿De que otra forma podemos ayudar, si no? – apuró el Faca.
--¿Hay que pagar para ir a la iglesia? – preguntó Agu.
--¿Entrada, decís vos?
--No sé, algo así, yo nunca fui.
--Si – lo miró despectivo Pachu --. Tenés populares y plateas altas. Sacá de las que están detrás del confecionario.
--¡Qué querés, boludo, no fui nunca!
--Yo fui cuando era muy chico – dijo Agustín --. Me llevaba mi vieja todos los domingos. Tomé la comunión también.
--Entonces sos cristiano, es como ser socio, digamos. Podemos entrar con vos.
--Yo la única vez que fui – espació las palabras Pachu – me tiraron agua en la cabeza y no fui más. Cuando me bautizaron.
Se rieron un poco. Pero Faca seguía serio.
--Yo voy a ir, boludo – anunció--. Voy a ir y le voy a pedir que mañana le ganemos cuatro a cero a esos negros de mierda.
--Pedile que ganemos en los penales también, forro.
--Y vamos todos – sorprendió el Pájaro, que parecía el más reacio.
--Mirá si nos ven—dijo el Agu.
--¿Si nos ven qué tiene? Estamos yendo a una iglesia no a un prostíbulo.
--Por eso mismo. Mirá si nos ven las pendejas de la Facu.
--Vamos todos, boludo – se afianzó el Faca--. Mientras más tipos sean los que piden algo, más bola les van a dar, eso es seguro.
--¿Pero vos creés que esa Virgencita hace una encuesta de opinión, un análisis del mercado? Vos estás muy confundido, pendejo.
--¿Y se puede ir así?—el Pájaro miró el fibroso estómago desnudo, la malla casi hasta las rodillas, las ojotas.
--Mirá si vas a ir así, forro. Tenés que ponerte algo.
--¿Los hindúes no van así, no andan en taparrabos, casi en bolas?
--Son otra religión, querido.
--Vamos ahora a la tardecita – elevó la voz eufórico el Faca, entusiasmado por el inesperado respaldo de sus amigos. ¿A qué hora nos juntamos?
Se pararon, reuniendo los billetes y monedas para pagar la cerveza.
--Éstos están en pedo – casi gritó el Pájaro --. Yo, en la iglesia.
Facundo lo abrazó, medio de costado, en un gesto afectuoso que más parecía un recurso para inmovilizarle los brazos.
--Va a dar resultado, Pájaro, va a dar resultado. Dios nos va a ayudar. ¿O no sabés que hace milagros?
--Soltá, trolo… se va a tener que esmerar mucho Dios para salvarnos de ésta.
--¿No sabés que lo hizo caminar a Lázaro?

--Que lo haga correr a Vitamina, mejor.
--Mucho se va a tener que esmerar.
--“Rajemos, Pedro, que es cáncer” – dijo el Pachu, citando el viejo y efectivo chiste.
Cuando el Pájaro se bajó del ómnibus en avenida Alberdi, el Faca y Agustín ya estaban apoyados en la reja de la iglesia, algo incómodos, esperando. Eran casi las siete de la tarde pero el sol seguía pegando fuerte y, pese a eso, ninguno de los dos se había atrevido a entrar siquiera al pequeño patiecito frontal frente a la escalinata, que recibía un poco de sombra. Mucho menos a sentarse en los peldaños, donde estaba fresco.”Me hubieran dado una moneda, boludo”, explicó el Agu. Poco después llegó el Pachu, cansino, pero cumplidor al fin. Todos, sin concertarlo previamente, habían abandonado los pantaloncitos cortos o las camisetas de tiras, optando por los vaqueros livianos y alguna remera de marca. “Elegante sports” , justificó su cambio el Pachu, sin dar el brazo a torcer en su rol de duro, de intolerante ante el poder omnímodo de la Iglesia.
--¿Entramos? – preguntó el Agu, indeciso o aguardando que alguno hiciera la Ponta.
--¿Está abierto?—miró el Pájaro hacia el campanario.
--Claro, forro. ¿No ves la luz?
--El vocabulario, loco. Aflojá un poco.
--Venimos a pedir, después de todo. No nos llamó nadie.
--Pará, pará un cacho – los contuvo el Faca --. Mi vieja me dijo algo importante – lo miraron--. A la Virgen, hay que pedirle. Los santos no conceden.
--Si es virgen es porque no concedió nunca, papá – se echó hacia atrás despectivo el Agu.
--Dale, boludo… -- apuró el Pájaro --. Que me da no sé qué que me vean acá.
Entraron primero al patiecito frontal y subieron los pocos escalones.
--¿Hay mucha gente adentro, Faca? – preguntó el Pájaro--. ¿Viste entrar mucha gente?
--No. Casi nadie – automáticamente habían bajado la voz.
El primero en cruzar el portalón lateral de madera fue Agustín. Y se quedó allí nomás, un par de pasos dentro de la nave, cohibido. “Esto es más grande de adentro que de afuera”, susurró. Los demás tuvieron que empujarlo para que siguiera caminando. Pero la ansiedad y una cierta excitación se les habían esfumado, dando paso a una actitud reservada, curiosa y levemente azorada ante la enormidad, el silencio y la placidez del recinto.
Pegado a la espalda del Faca, Agustín le cuchicheó en el oído.
--¿No hay que ponerse nada en el bocho?
Faca negó con la cabeza. Por ser el de la idea, lo habían tomado como referente, pero también él se encontraba un tanto dubitativo sobre los pasos a seguir.
--Por eso viene tanta gente a la iglesia – susurró Pachu.
--¿Por qué?—el Pájaro mitraba hacia lo alto, hacia los arcos lejanos de la bóveda, la luz multicolor que llegaba a través de los vitrales.
--Porque está fresco.
El Pájaro sofocó una risa, los otros también. Eso los animó.
--Si no hay nadie, boludo – observó Agu.
Había en realidad tres o cuatro personas, perdidas en la amplitud del lugar. Y ninguna había reparado en la irrupción del grupo. O si alguien había reparado en ellos, no le había prestado atención. Flotaba un clima de congoja, de ruego, en los pocos presentes, gente mayor casi todos, que atemperaba el ánimo de los muchachos.
--¿Qué hacemos ahora? – apuró el Pájaro.
--Busquemos una Virgen – dijo el Faca, con el costado de la boca. Y comenzó a caminar hacia uno de los pasillos laterales, donde se veían imágenes sagradas, cuadros y confesionarios. Pasaron frente a un par de pequeñas figuras, adornadas profusa y desordenadamente con flores. No se detuvieron frente a la primera porque ante su pedestal rezaba, patético, un hombre flaco y desgreñado, casi un pordiosero. Tampoco Faca se detuvo ante le segunda, metros más allá: el busto de una Virgen que reclinaba su cabeza delicada hacia un costado y elevaba su mano derecha, como señalando algo con el dedo índice, en un gesto poco claro.
--¿Y ésta, Faca?—Agustín, que venía segundo, llamó absurdamente en voz baja. Faca se dio vuelta.
--No sé – enarcó la ceja, elevando los hombros.
--Acá, Faca… -- el Pájaro se sumó a Agustín --. Ésta es una Virgen.
--¿Qué Virgen es?
--Seguí, seguí – los adelantó el Pachu, casi empujándolos. Por ahí adelante hay alguna mejor.
--Qué sé yo que Virgen es. --Preguntemos.
--¡Acá, boludo! – insistió, enojado, el Pájaro--. No vamos a andar por toda la iglesia hinchándole las bolas a la gente.
Discutieron unos segundos en un crescendo que terminó cuando el Faca, en su papel de experto, sacudió las manos en el aire como si quisiera espantar unas moscas frente a su cara.
--¡Nos van a echar, pelotudo! ¡Nos van a echar a la mierda! – se exasperó. Hicieron silencio. Pese al pequeño conato de intemperancia, nadie había reparado en ellos. Machu pegó un vistazo abarcativo, pero no se apreciaba cura o religioso alguno que pudiera hacerse cargo de la disciplina.
--Acá está bien – propuso el Agu --. Acá está bien.
--Sí. Metámosle acá – aprobó Faca --. Es linda esta Virgen.
--Sí… -- frunció la cara el Pachu--. Pero mirá la manito… -- señaló con el mentón la mano de la Virgen que parecía señalar algo con el dedo índice en alto--. Un solo gol nos promete. Y necesitamos cuatro.
--Cortala, boludo – se enojó, realmente, Faca.
--Sí, aflojá, Pachu – refrendó el Pájaro.
Se dispusieron frente a la imagen, a un par de pasos de ella, parados, las cabezas levemente gachas. Agustín musitó desde atrás:
--Yo voy a aprovechar para pedir también por mi abuelo, loco – anunció. Y giró, caminando casi a puntas de pie hasta uno de los largos bancos de madera oscura.
--Dale – aceptó el Faca--. Nos pedí ahí.
--Pedí también por Central—cuchicheó, enérgico, el Pájaro--. No seas boludo.
El Faca chistó, autoritario.
--¿Está jodido el abuelo del Agu?—consultó con un hilo de voz el Pachu, por sobre el hombro. El Pájaro lo miró, meneó la cabeza, aprobatoriamente, levantó las cejas y se mordió el labio inferior por toda respuesta.
--Dale, viejo, larguemos – reclamó Faca.
--Y empezá… -- dijo Pachu, soliviantado por el reto--. ¿Qué nos tenés que andar diciendo a nosotros?
Como algo sabido de antemano, recibido por siglos de civilización cristiana, los tres cruzaron las manos frente al cuerpo, laxos los brazos, bajaron la cabeza y cerraron los ojos. Se quedaron así un largo rato. Pronto se les unió en silencio el Agu, quién ya había terminado de pedir por su abuelo. Luego, como si se hubiesen puesto de acuerdo, levantaron la vista, sacudiendo los hombros y pareciendo salir de un estado de trance. El Pájaro, más animado, aliviado quizás por haber cumplido con ese rito, se animó a hacer algo que había visto en alguna película. Se adelantó dos pasos y tocó el rostro de la imagen con la punta de los dedos sobre la frente.
--¿Dará bola, che?—preguntó Faca, arrugando la nariz.
--Ni mierda – dijo Pachu.
--¿Sabés cuánta gente le pide por día? Agregó el Agu, como repentinamente desalentado.
--No se va a acordar de todo.
--Más que piedad, lo que tiene que tener es memoria.
--Por favor, por favor – exclamó en voz alta y en un tono extraño el Pájaro, advirtiendo que se dirigía a la imagen y no a sus amigos--. Hacé que Central gane mañana cinco a cero al Mineiro.
--Pero acordate – añadió Faca.
--Apurala, apurala que si no, no nos va a dar pelota, boludo – se tornó duro el Pachu.
El Pájaro estiró su mano y la puso sobre la mano extendida de la Virgen, como llamándole la atención.
--Hacé que Central gane, ¿estamos?—dijo, firma--. Mejor que Central gane.
--Apretala, apretala que si no, no pasa nada, Pájaro – urgió Pachu--. No te va a dar pelota esa guacha.
--¿Nos vas a dar pelota?—amenazó el Pájaro. Había tomado en su mano derecha el dedo índice extendido de la imagen--. ¿Nos vas a hacer caso?
--Rompele un dedito, rompele un dedito—ordenó Pachu.
Con una imperceptible mueca de esfuerzo en su rostro, el Pájaro presionó con sus dedos hasta que, en un momento, dejó de hacerlo. Después se metió el puño cerrado en el bolsillo de su jean. Del dedo señalador de la Virgen, sólo quedaba la primera falange.
--Así se acuerda—aprobó Pachu. Los otros no dijeron nada. Giraron hacia la puerta y emprendieron la salida. Antes de abandonar la nave, volvieron a mirar hacia el altar principal y, respetuosos, inclinaron la cabeza.