Cuentos de Fútbol

Hijos nuestros (Sacheri)

Creo que todos los futboleros nos hemos preguntado, más de una vez, por el origen y el tamaño del cariño que le tenemos al equipo del que somos hinchas. Por qué semejante profundidad. Por qué semejante constancia.

¿Cómo se puede querer así a un equipo de fútbol? ¿Qué resortes, qué recovecos del alma se ponen en juego como para que uno pueda sufrir así, gozar así, emocionarse de ese modo por una simple camiseta?

¿Existe algún otro terreno de nuestras vidas en el que amemos con semejante lealtad, con una constancia comparable?

Muchas veces he escuchado a mis amigos, a mis conocidos, o a ilustres desconocidos, comparar el amor por el equipo con el amor que se puede sentir por una mujer. Y en la comparación, casi siempre el amor por una mujer sale perdiendo. No tiene la misma constancia, ni el mismo desinterés, ni la misma entrega, ni la misma disposición al sacrificio. Mil veces he escuchado el comentario: “Yo cambié no sé cuántas veces de mujer. Pero de equipo, jamás en la vida”.

Si el amor por nuestro equipo no se puede comparar por el que le profesamos a una mujer… ¿Vale en cambio compararlo con el que sentimos por un padre, o una madre? Creo que tampoco es el caso. El amor de nuestros viejos es algo con lo que contamos. Los más afortunados de nosotros, claro. No es un amor que cultivemos. No es un amor que nos exija sacrificios. Es un amor que damos por sentado, y en el que nos instalamos para ser mimados, queridos, abrigados, nutridos.

Y el amor por nuestro equipo no es de esa naturaleza. Nada que ver. Nuestro amor futbolero es puro sacrificio, de hecho. No sé cómo viven esto los hinchas de equipos que ganan siempre o casi siempre. No sé cómo lo vive un hincha del Real Madrid, o del Barcelona. Pero para la mayoría de los mortales, el amor al club nos reporta muchísimos sinsabores, derrotas, frustraciones, vanas esperanzas, brutales desilusiones. Alegrías también, triunfos inolvidables. Pero… ¿cuántos de unos y cuántos de los otros? Apelo a la sinceridad de los lectores. ¿Cuántos garrones nos hemos tenido que comer por nuestros equipos? ¿Cuántas veces hemos tenido que poner el pecho a las malas? O yo tengo una tarde especialmente pesimista mientras escribo esta columna, o tiendo a pensar que han sido muchas veces. Demasiadas veces. Y sin embargo, aquí estoy. Aquí estamos. Dispuestos siempre a seguir queriendo.

Por eso, por esa constancia inmune a las derrotas, se me ocurre que el amor que sentimos por nuestro equipo se parece al que sentimos por nuestros hijos. Los que tenemos la suerte de tenerlos, claro. Los que tenemos la suerte de adorarlos, por supuesto.

Con nuestras mujeres, el amor puede permanecer o evaporarse. El de nuestros padres, lo damos por descontado. Pero el que les damos a nuestros hijos es un amor hecho de esfuerzo y de sacrificio, de desvelo y de perseverancia.

En la soledad de nuestros insomnios, nos preocupamos por nuestros hijos desde que se revuelven en la cuna hasta que tienen veinte años y fantaseamos con escuchar, en el silencio de la madrugada, el ruido de sus llaves en la cerradura como señal de que vuelven sanos y salvos. O hasta que tienen cuarenta, y nos inquieta escucharlos toser en el teléfono. Son nuestros hijos para siempre. Desde que los vimos por primera vez hasta que los veamos por última.

Podemos pensar, tenemos derecho a pensar –ejercemos ese derecho- que nuestros hijos tienen defectos. Cosas que no nos gustan. Aspectos que deberían pulir. Características que nos revuelven las tripas y nos dan ganas de reclamarles levantando el dedito admonitorio. Pero nosotros. Nadie más. Quiero decir: nosotros como padres nos sentimos en el derecho de hacer la nómina brutal de todos los defectos de nuestros hijos. Pero ¡guai de aquel mortal que se atreva a señalar algo malo en nuestras criaturas! Nuestra ira se desatará sobre la humanidad de esos ingratos que se atrevan a criticar a nuestros niños, sobre el polvo de sus huesos y sobre la memoria de sus descendientes.
Uno puede pensar que tiene una hija dientuda o un hijo vago, una hija impuntual o un hijo lerdo. Pero si alguien se atreve a confirmárnoslo… ¡sáquenme a ese blasfemo de acá, sáquenmelo de acá o me como sus vísceras!

Y con nuestro equipo del alma… ¿acaso somos distintos? Uno puede ver jugar al equipo de sus amores y concluir que lo mejor que puede pasar con esos jugadores es que los vendan pronto a algún equipo de Siberia o de Marte. O que se retiren en masa. Que no tienen ni idea de cómo jugar al fútbol. O que el técnico haría bien en colgar los botines (o el pizarrón) y dedicarse a enseñar origami en un club de jubilados del conurbano. O que los dirigentes son una manga de ladrones y de corruptos que tendrían que estar en la cárcel.

Pero cuidado: esas son cosas que puede pensar UNO MISMO. Que nadie que sea hincha de otro cuadro se atreva a decir cosas parecidas. Porque uno, de su cuadro (como de sus hijos), tiene el derecho a decir y pensar lo que quiera. Pero es un derecho intransferible. Como dice el viejo dicho de que “los trapitos sucios se lavan en casa”. Nada más cierto. Del mismo modo que uno, frente al capricho de un hijo que se arroja al piso en la vereda al grito de “quiero un helado”, pone cara de paciente contención y le dice a la criatura “te pido que te pongas de pie y dejes de hacer un escándalo”, aunque en el mismo momento esté pensando “qué ganas tengo de levantarte de un reverendo voleo en el trasero, mocoso caprichoso”.

Del mismo modo, digo, si un extranjero (es decir, un hincha de otro cuadro) osa proferir algún concepto que denigre a nuestra institución, uno se convierte de inmediato en una estatua de hielo, o en una tormenta de fuego, según el temperamento de cada cual. Pero no vamos a dejar así las cosas. No vamos a consentir que se mancille así el nombre de nuestros colores.

No vamos a permitir que se dude de la calidad de nuestros jugadores, ni de la integridad de nuestros dirigentes, ni de la capacidad de nuestro entrenador, ni de la belleza de nuestro estadio. En casita, en nuestro interior, bien podemos considerar, como dije antes, que nuestros jugadores son horribles, nuestro entrenador inepto, nuestros dirigentes ladrones, y nuestro estadio un rancho miserable. Pero sólo en casita, señores míos. Sólo puertas para adentro. Sólo en el seno de la familia.

Y ni siquiera en la familia, ahora que lo pienso un poco. ¿Cuántas veces uno ve, en la tribuna, cómo se arma una trifulca entre hinchas del mismo cuadro, porque alguno no se aguanta los insultos del vecino de platea? Y no importa que el ofendido se haya pasado la última media hora diciendo cosas parecidas a las que ahora lo encolerizan, dichas por su vecino. No importa. Lo único que importa es que “nadie-más-que-yo” tiene derecho a decirles a estos imbéciles pataduras que lo son. Del mismo modo que es el único que puede decirle a su hijo que no se coma los mocos, o a su hija que si sigue usando esas polleritas todo el mundo va a considerarla una casquivana.

Es por eso, entre otras cosas, que jamás inicio una burla fubolera. Yo sé que, para muchos de nosotros, cargar a los hinchas de otros equipos es parte del “folclore”. Pero no para mí. Yo sé lo que se sufre cuando te critican a tu cuadro. Porque sé lo que se siente cuando alguien se queja de tus hijos. La ciega determinación de defenderlos, más allá de razones y argumentos. Defenderlos a partir de un amor inclaudicable, que te viene desde lo más profundo. Un amor del cual no das razones, porque en el fondo tampoco te pedís razones a vos mismo para sentir de ese modo. Con tus hijos y con ese otro hijo que es tu equipo de fútbol.

No sé si está bien o está mal. Pero así es como funciona.

Esta entrada fue publicado el 11 de julio de 2013.
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