Cuentos de Fútbol

La vida que soñamos (Sacheri)

El tipo se me sienta enfrente, en pleno bar y en pleno mediodía. Y yo, que no estoy demasiado acostumbrado a que alguien me reconozca como escritor, no tengo los reflejos demasiado avispados para pedirle que no lo haga.

“Hola –me saluda como si nos conociéramos de toda la vida-. Vos sos Sacheri, ¿no?”. Antes de que pueda decir que sí, o que no, ya ha desplazado la silla al otro lado de la mesa y se ha acomodado. Se acoda sobre la mesa, con familiaridad y habla de nuevo. “¿Escribiendo algo?” –pregunta-. Yo debería responderle que sí que sí, que estaba escribiendo. Y que por eso, sobre la mesa, además del pocillo vacío, están el cuaderno de hojas rayadas y la lapicera a cartucho de tinta azul lavable. “Perdoná la interrupción” –sigue el fulano, que evidentemente considera que sí, que tal vez me ha interrumpido, pero que bien vale la pena, o que me lo tenía merecido-. “Pero es algo importante”.

¿Y si lo que yo estaba haciendo también era importante? ¿Y si estaba justo a medio concretar una idea que llevaba semanas resistiéndose a tomar forma? ¿Y si el tipo este ha venido a interrumpirme en pleno alumbramiento de una novela o un cuento que estaba destinada a modificar para siempre la literatura argentina, latinoamericana y universal? Un mínimo de honestidad me impide indignarme.

Nunca he estado ni cerca de revolucionar la literatura de Castelar o Ituzaingó, así que mucho menos estoy en condiciones de hacerlo con la de la patria, el continente o el mundo entero. De modo que le esbozo una mínima sonrisa y asiento, como para invitarlo a que me diga lo que tenía que decirme.
“Tengo algo para contarte…” –se interrumpe para mirar por sobre el hombro, como si lo siguieran.

Después se encara otra vez conmigo. Yo lo dejo hacer. El mozo, que es amigo, me dirige una mirada de complicidad, como para darme a entender que, si necesito ayuda para echarlo, no dude en convocarlo en mi auxilio. Niego con la cabeza. El forastero se ha girado otra vez, y mira hacia el fondo del local, como si desde allí pudiese llegarle una amenaza o una promesa. De nuevo se da vuelta hacia mí. “Vos debés pensar que soy un loco, ¿no?”. Evalúo la conveniencia de responderle la verdad: que todavía no consigo discernir si efectivamente está loco o es simplemente tarado. “Pero venía pasando por acá, miré para adentro y te reconocí, y dije: a Sacheri le tengo que contar esta historia para que la escriba”.

Ahí sí, suspiro y me digo “Sonamos”. Cada dos por tres alguien que sabe que uno se dedica a escribir se acerca, sonríe, cambia con uno un par de frases, y después le dice eso de que “Tengo una historia bárbara para que vos la escribas”. Los más entusiastas agregan: “Con esta historia te hacés una película”. Y los que tienen un ego a prueba de balas, agregan: “Anotá la historia que te voy a contar, la hacés película y te volvés millonario”.

Yo debería avisarle a esa gente, que en realidad cada escritor es diferente a los otros, como pasa con todas las personas. Y que en mi caso, las historias se me ocurren de repente, por puro divagar de la imaginación, y no porque alguien me cuente su biografía. Debería agregar, porque es cierto, que me gusta escuchar a la gente, porque soy curioso y me interesan las vidas de los otros. Pero jamás de los jamases me pasa que alguien me cuente algo que le sucedió y yo, a la primera de cambio, escriba con eso un cuento o una novela. Funciona casi al revés: basta que alguien me anuncie eso de que “Tengo una historia para que escribas” para que yo concluya, de inmediato, en que ni por casualidad voy a escribirla ni entonces ni después. Y no porque la historia que van a contarme sea necesariamente mala. Puede ser muy buena. Pero no es mía. Si alguien me la cuenta cerrada, armada, lista, completa, esa historia no me pertenece.

Claro: esta explicación de por qué no me sirve que me cuenten anécdotas ajenas para escribir mis historias acaba de llevarme más o menos ciento setenta palabras. Y lo usual es que el que te encara en plena calle, o en una charla, o como en este caso en un café, no está dispuesto a escuchar un discurso tan largo. En general no tienen ganas de escucharte ni diez palabras seguidas. Lo único que quiere escuchar, el contador compulsivo, es que uno le responda: “Gracias por su generosidad. Cuénteme y yo anoto. En la semana lo paso en limpio y listo”. O ni siquiera. Porque hasta esa casi veintena de palabras le resulta un incordio, una postergación, una demora inentendible.

Por eso la experiencia me indica que lo mejor es poner cara de interés, casi de sumisión, una expresión que a nuestro interlocutor le dé la idea de que somos todo oídos para escuchar, todo memoria para retener, todo manos para anotar y punto.

De manera que ahí estamos, en un café de Ituzaingó, el contador inminente y yo. Muevo la cabeza afirmativamente, hago una mueca ligera, como dando a entender que le meta para adelante, nomás, que yo lo escucho. El visitante, por tercera vez en cuatro minutos, gira la cabeza hacia los lados para ver a sus espaldas. Le pregunto si lo siguen. Niega enérgicamente, sin advertir mi ironía.

“Resulta que yo soy clase 1964” empieza, y vuelve a mirar a sus espaldas, pero apenas un segundo. “Soy clase 1964 y me crié acá en Ituzaingó”. Yo respondo algo así como “Ajá”, y espero que siga contando. “Resulta que yo estaba en sexta en el CAI. De cinco, jugaba”. Aclaro a los lectores que el CAI se refiere al Club Atlético Ituzaingó. “Pero un cuñado de mi viejo me consiguió una prueba en River”.

Hace una pausa. Yo vuelvo a asentir. Lo miro a los ojos y me sostiene la mirada. No puedo negar que me despierta curiosidad lo que tiene para decirme. Aunque no tengo la menor idea de hacia dónde se va a disparar su historia. O en una de esas, sí tengo idea. Ese hombre es un par de años más grande que yo, tiene el pelo mal peinado, usa un jean calzado por debajo de la panza y una chomba marrón con el cuello gastado. Su cara es absolutamente anónima. Es decir, que ya conozco el final de la historia. La prueba en River terminó mal. De lo contrario, esa cara me resultaría familiar. Se me ocurre algo que parece un obstáculo en su historia y le pregunto: “Pero si vos jugabas en Ituzaingó se supone que no tenías el pase para jugar en River. ¿O me equivoco?”. Mi objeción, en lugar de molestarlo, lo entusiasma. Se ve que le gusta que siga su relato con atención. “Claro, Sacheri. Es así. Pero este cuñado me lo podía arreglar en los dos lados, acá y en River. Si yo daba bien la prueba, quedaba.”

EDUARDO SACHERI es autor de varios libros de cuentos ("Esperando a Tito", "Te conozco Mendizábal", "Lo raro empezó después") y novelas como "Aráoz y la verdad" y "La pregunta de sus ojos".
Vuelvo a asentir. Puede ser. Suena verosímil. “¿Y entonces?” lo invito a continuar.
“Eramos como trescientos, ese día, que probaban. Miraban así por arribita. El entrenador de la sexta era… El entrenador era…”. El tipo chista. Se pone nervioso. Teme que ese olvido le quite credibilidad o potencia a lo que tiene que contar. Me apena verlo así. Le digo que no se preocupe, que esos datos se completan después. No parece muy convencido pero está tan empantanado que acepta la sugerencia. “La cosa es que miraban así nomás pero al final me dijeron que volviese a la semana siguiente. Y yo volví”.

Hace una pausa porque le traen un café que pidió por señas. Le echa tres sobres de azúcar. Revuelve con ademán nervioso, y parte del café se vuelca por encima del borde del pocillo. Se lo toma de un sorbo.

“La segunda vez me mezclaron con los pibes de la sexta de River. ¿Me seguís? Yo me sentía Gardel. De cinco, ahí mezclado con ellos. Estaba Gorosito, estaba. Estaba De Vicente. Estaba Dalla Líbera, el Loco”.

Yo vuelvo a asentir. Le pregunto si esos pibes no fueron los que debutaron en primera en el 83, durante la huelga de profesionales. Abre mucho los ojos y dice que sí, que sí, que son ellos.

Yo me los acuerdo bien porque, en ese Metropolitano, esos pibes se comieron unas cuantas goleadas pero jugaban bien. Y contra Independiente, que venía peleando el campeonato cabeza a cabeza con Ferro y con San Lorenzo, jugaron un miércoles a la noche y le empataron cero a cero. Recuerdo que yo escuché ese partido por radio y tenía una calentura que bramaba. ¿Y si ese tipo sentado frente a mí ha sido uno de esos pibes? Se lo pregunto. Se me queda mirando un segundo y hace una mueca de disgusto. “Esperá, Sacheri, que a eso voy”. En ese momento no sé si el disgusto es por mi interrupción o por el desenlace de las cosas. Me mantengo callado.

“¿Sabés lo que jugué ese día, Sacheri? ¿Sabés lo que jugué? Así de chiquita, la hice. A De Vicente no se la dejé tocar en todo el partido. A Pipo, ja, a Gorosito lo tuve loco. Loco lo tuve. Metí un tiro en el travesaño. ¿Qué número cinco conocés que, en la primera práctica con River, meta un tiro en el travesaño?”.

Digo que no conozco ninguno, lo que es cierto, pero más que nada lo digo para hacerlo sentir bien, porque es lo que espera que responda. Le pregunto su nombre. Me lo dice. Su nombre, tal como venía suponiendo, no me suena para nada. Volvemos a mirarnos. El gesto se le ha vuelto amargo. Claro, pienso, está llegando al final.

“Cuando terminó el partido el técnico me dijo que jugaba bárbaro, que quedaba en River”. Amaga con buscar los cigarrillos en el bolsillo de la chomba. Le señalo el cartel de prohibido fumar y asiente sin ganas. Los deja donde estaban.

“¿Y al final qué pasó?” –quiero saber-. “¡Eh… lo que pasa siempre!” arranca, indignado. “El cuñado este se demoró con los papeles. Hubo un lío en el club con uno de la comisión. Y después vino lo de Malvinas”. Vuelvo a mirarlo. Se encoge de hombros. “Me convocaron y tuve que ir, te imaginás”.

Yo me acomodo en la silla. “Claro”, comento, y después me callo la boca, mientras saco cuentas. “Pero si vos me hubieras visto, Sacheri. Esa pelota. Pummm, en el travesaño... casi se lo rompo. El nombre del arquero no me lo acuerdo, pero casi se lo rompo… ”.

Por el silencio que hace al final, veo que ahí termina la historia. Vuelve a mirarme. “Seguro que vos de acá sacás un cuento”. De nuevo la seguridad, la confianza, la certeza de que me ha obsequiado una historia buenísima. Mientras le digo que vaya tranquilo, que yo le invito el café, le digo que no sé, que tendré que pensarlo, que en una de esas. No parecen molestarlo mis evasivas. Como si haber desembuchado su historia fuera suficiente. Mientras se pone de pie arrastrando la silla hacia atrás me tiende la mano y se la estrecho. Me pregunto cuánto será verdad y cuánto será mentira de eso de la prueba de jugadores, de Gorosito y compañía, del tiro en el travesaño. Lo de Malvinas ya sé que es verso. A las islas fueron pibes de la clase 62 y de la 63. No de la 64. ¿Me lo habrá dicho para enternecerme, o estará convencido de que así fueron las cosas?

A veces pasa. Que uno, de tanto contar una historia embellecida con mentiras, termina por convencerse de que esas mentiras son verdades. O más aún: cuando uno está convencido de que la vida fue injusta con uno, de que la vida lo castigó con una existencia menos deslumbrante, menos exitosa, menos brillante de lo que uno imaginó, las mentiras son casi un acto de justicia, un parche para enderezar un destino que no merecimos.

El tipo sale del café y me saluda a través de la vidriera. En una de esas debería haberle avisado eso de Malvinas. Para que la próxima vez que cuente su historia evite esa trampa tan fácil de desactivar. Pero cuando salgo a la vereda, a los cinco minutos, ya no está por ningún lado.

Ojalá lea esta nota de El Gráfico. O que alguien que le haya escuchado la historia, la lea y lo avive del asunto. Eso sí: espero que nadie le recrimine la mentira en la cara. Ya que la suerte nos impide vivir la vida que quisimos, que por lo menos la fantasía nos permita contar la vida que soñamos.

Esta entrada fue publicado el 11 de julio de 2013.
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