Cuentos de Fútbol

Los momentos vividos (Sacheri)

Creo que la cantan  casi todas las hinchadas. La canción original se llama “Todavía cantamos”. Pero las hinchadas argentinas, como tantas veces, han tomado la melodía y le han cambiado la letra para apropiársela, para que hable de su equipo. Y donde la canción de Víctor Heredia dice “Todavía cantamos, todavía pedimos, todavía soñamos, todavía esperamos”, la de la hinchada reza “Vamos vamos los millo”, o los rojos, o Academia, o lo que sea. Pero no es ese el verso que me interesa. El que me obsesiona en estos días es el que dice, en la canción original, “A pesar de los golpes que asestó en nuestras vidas, el ingenio del odio, desterrando al olvido”. Para las hinchadas, ese verso se ha transformado en “A pesar de los años, los momentos vividos, sigo estando a tu lado, XX querido” siendo XX el nombre o el apodo del cuadro de uno. Seguro que la poesía de Víctor es mucho más profunda y habla de cosas mucho más importantes y definitivas. Pero de todas maneras me quiero detener en ese verso futbolero. El de “los momentos vividos”.

Todos conocemos esa verdad de perogrullo de que la vida es nada más que una suma de momentos. Pero no todos los momentos son iguales. Hay muchas clases de momentos. Es posible que casi todos los momentos sean anodinos, rutinarios, parecidos a todos los otros. Momentos casi descartables. Pero hay otros momentos que no. Momentos que no podemos cambiar, porque no los queremos cambiar. Momentos que nos han hecho ser los que somos. Momentos escasos y al mismo tiempo definitivos. Momentos distintos a todos los demás. Momentos que lo cambian todo, que lo deciden todo. Chiquitos como nuestras vidas. Y decisivos como lo que nos importa en serio. Los hay en la vida y los hay en el fútbol.
En nuestras vidas de hinchas hay un momento esencial. No estoy pensando en ese momento glorioso de una hazaña que supusimos imposible. Ni en ese momento tenebroso de un partido que perdimos y que todavía nos duele. Ni en el momento del gol que más gritaste en tu vida. No. No estoy pensando en ninguno de esos. Estoy pensando en el momento clave, el momento por excelencia, el momento crucial de nuestra vida como hinchas de un club: ese momento en el que nos enamoramos para siempre de nuestro cuadro. El momento en el que dijimos, “Yo soy de Lanús, o de Banfield, o de Quilmes”.

Todo lo demás, todo lo que vivimos en el fútbol nace desde ahí, desde ese momento fundante. Sobre esa piedra construiremos las hazañas, las derrotas, las esperanzas y los temores. Pero ese es el principio. Y cada cual llega a ese principio, a esa piedra fundamental, desde su propio camino. Siempre me gusta preguntarles a las personas por qué se hicieron hinchas de su club. Me encanta, me deslumbra recrear ese momento.

Hace algunos años me tocó ir a Rosario a dar una charla. Después de la cena, un hincha de Rosario Central caminó conmigo algunas de las cuadras que nos separaban de mi hotel. “¿Sabés por qué me hice hincha de Central?” me preguntó. Por supuesto yo no lo sabía, pero me interesaba que me lo dijera. Me contó que, cuando era chico, una tarde se coló en el Gigante de Arroyito. Central jugaba, por un Campeonato Nacional, contra un equipo mendocino. El equipo cuyano promocionaba los vinos de una bodega de su provincia, y sus jugadores obsequiaban, a cada uno de sus rivales, una botella antes del partido, como quien intercambia banderines. Resultó ser que los jugadores de Central, haciéndole honor a su apodo de “canallas” se negaron a recibir los regalos. Y ese gesto de incorrección, de insolencia futbolera, a este tipo lo cautivó para siempre. Y mientras me lo contaba, caminando por las veredas de Rosario, y se reía al rememorar la picardía, le brillaban los ojos, como el día en que los canallas lo enamoraron para toda la vida.

Extrañas circunstancias me colocan frente a frente con la empleada de una mercería. No importa qué hago yo en una mercería. Ni importa cómo cuernos terminamos hablando de fútbol con la empleada. Me cuenta que es hincha de Independiente. Y yo, un poco porque me asombra que una señora que atiende una mercería sea futbolera, y otro poco porque siempre me gana la curiosidad, le hago mi pregunta favorita. Esa del por qué, del cómo fue que se hizo del rojo. Me cuenta que de chica vivía en el sur, por ahí por Sarandí. Vivía con su padre, porque su madre un buen día se había mandado a mudar y los había dejado solos. Y que en la escuela le iba mal, tirando a pésimo. Y que un buen día cayeron del club, en su escuela, a decir que iban a becar a un chico de cada curso. Y que ella no le dio importancia porque era mala alumna, y esas cosas le pasaban solo a los buenos. Pero resultó, y a la mujer le brillan los ojos cuando me lo cuenta, que de su grado la eligieron a ella. Y le pagaron los libros, el guardapolvo, todo, hasta que terminó. Y desde entonces empezó a ir a la cancha y no paró más. Me recita una formación de Independiente campeón. Yo no la interrumpo, aunque también me la sé. No le digo que yo también soy del Rojo. Ahora no importa. Lo único que importa es ella, su brillo y sus recuerdos.

Estoy de visita en los estudios de una radio, en Bariloche. A lo lejos se ven el lago y la montaña. El periodista que me hace una entrevista, mientras no estamos al aire, me comenta que es hincha de San Lorenzo. Es cuervo porque nació en Junín y viajaba a la Capital Federal con frecuencia a visitar a su familia, en ómnibus. Y quiso el destino que San Lorenzo saliese campeón, en 1974, en cancha de Vélez. Y que el ómnibus en el que viajaba quedase encallado, sobre la avenida Rivadavia, en el mar de los festejos. “Yo quiero esto”, me dice el periodista que pensó entonces. “Yo quiero esta alegría para mí”. Y se hizo cuervo. No sabía que la decisión iba a costarle la amargura de un descenso siete años más tarde, o que pasarían veintiún años desde esa alegría desbordante de Liniers hasta la siguiente vuelta olímpica. Cuando me lo cuenta, se nota que no le importa. Que esas banderas, y esos saltos, y esos gritos vistos a través de la ventanilla del micro le hacen nacer un amor a plazo fijo que tarde o temprano, garpa, y que nunca va a dejarlo en bancarrota.

Puedo pensar que esta candidez, esta torpe lealtad definitiva es cosa nuestra, cosa de los argentinos. Pero cuidado. Hace unos meses tuve que ir a Londres, y me tocó cenar con un juez muy importante. Hablamos de política, de su país y del mío, y resultó que el tipo era un fanático del fútbol. Del fútbol y del Arsenal. Y en mi inglés lleno de dificultades le pregunté por qué, le pregunté cómo. Empezó diciéndome que su papá era dentista. Me sorprendió un poco que su historia de amor empezara por ahí: “My father was a dentist”. Pero lo dejé hablar, hasta que su propia maravilla empezó a cobrar forma. Su padre era dentista, y atendía en su casa. A este juez, cuando era chico, le tocaba a veces abrir la puerta a los pacientes. Una vez, en 1971, se topó con un jugador profesional de fútbol: Charlie George, que era delantero del Arsenal. Al chico le maravilló que una estrella como él se atendiera con su padre. Y resulta que a los pocos meses Arsenal y Liverpool disputaron la final de la FA Cup.

Y este chico, que ahora es juez, pero que mientras me cuenta esto vuelve a ser el chico, asiste maravillado, por televisión, a la definición en tiempo suplementario de ese partido. Los noventa minutos han terminado sin goles. Apenas empieza el tiempo extra, Liverpool mete un gol. El Arsenal lo empata a los seis minutos del segundo suplementario. El juez inglés hace una pausa. “Kelly”, murmura, para que yo sepa quién fue el que empató el partido. Le da vueltas a su copa de vino. Está un poco ruborizado. Supongo que se pregunta qué hace contándole el recuerdo más importante de su vida a un argentino. Yo lo espero. Finalmente vuelve a hablar. Faltan cuatro minutos para terminar el partido. Charlie George, el jugador estrella que se arregla los dientes con su padre, recibe el balón un poco afuera del área, del lado izquierdo de la medialuna, y saca un derechazo franco a media altura que se mete junto al palo. Charlie George se arroja al piso, boca arriba, extenuado y feliz. Y sus compañeros van a abrazarlo. Y este chico siente que ese gol del Arsenal es un poco de su padre, que le cuida la boca a Charlie George. Y desde entonces es del Arsenal para siempre. “For ever”, dice el juez inglés, y levanta la copa para que brindemos por su Arsenal. Y yo brindo con él, porque por un rato le perdono la prepotencia del imperio. Porque le brillan los ojos recordando a su padre, el dentista campeón de la FA Cup de 1971.

Esos son los momentos que sirven para edificar el amor que sentiremos de allí en adelante. Después vienen las glorias y las decepciones, las broncas y las rebeldías, los sueños y las falsas promesas de que nunca más vamos a calentarnos por esa manga de yeguas que no saben patear una pelota. Porque vamos a volver, aunque en cada desencanto nos mintamos que no. Volveremos. Y todo por ese momento. Ese momento en el que tomamos partido para siempre. Unos jugadores rechazan de mal modo unas botellas de vino. Una chica se entera de que la han elegido para pagarle los estudios. Un pibe aprende, con la ñata pegada a la ventanilla de un ómnibus, cómo se festeja un campeonato. Otro se llena de orgullo porque su papá le arregla las caries al ídolo que sale por la tele.

Los momentos. Los momentos vividos. Momentos que lo cambian todo, que lo deciden todo. Chiquitos como nuestras vidas. Y decisivos como lo que nos importa en serio. Los hay en la vida y los hay en el fútbol.

Esta entrada fue publicado el 11 de julio de 2013.
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