Cuentos de Fútbol

Arco solitario (Clamater)

El potrero se comienza a colorear con el inconfundible pasto medio amarillo, clara señal de que el otoño está comenzando, el suelo es disparejo, antes hubo siembras en ese terreno, está con algunos hoyos pero no tantos como para no poder chutear, lo circundan por un lado cinco eucaliptos en fila, que se mueven al compas del viento y esparcen su inconfundible aroma en el aire, por el otro lado una cerca hecha de alambres púas y a los costados un límite natural de zarzamoras, tiene el aspecto de un romboide de unos cuarenta por cincuenta metros, al medio hay tres palos, dos en posición vertical, de dos por dos pulgadas, torcidos por la sequedad, de color plomizo, de un metro noventa de alto y un palo horizontal de tres metros veinte, que está puesto encima de los anteriores y que se une en sus esquinas con unos clavos oxidados y un cordel quemado por el sol, de lejos se vería como un rectángulo perfecto si no fuera porque el horizontal esta guateado al medio. En el suelo, bajo los tres palos, descansa una pelota de plástico, que tiene un hoyito por donde perdió el aire original, pero con el calor del sol que va quedando, se mantiene semi inflada... más allá, a lo lejos, por entre los alambres púas, agachados, vienen entrando cuatro mocosos de unos once años cada uno, dos a guata pelada, uno con ojotas y el otro calza unas zapatillas remendadas con hilo de zapatero que el mismo arregló.

Esta entrada fue publicado el 27 de abril de 2019.
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