Cuentos de Fútbol

Nuestra Bombonera (japezoa)

No me acuerdo cuándo ni cuál de los cauros le puso así. Supongo que fue en nuestra época de quinceañero, cuando uno se cree rebelde. El nombre calzaba perfecto, porque queríamos que nos respetaran cuando iba alguien a jugar de visita, tal como lo escuchábamos cuando veíamos los resúmenes internacionales, los domingos en la noche en FutGol.

De glamour nuestra cancha tenía muy poco, por no decir nada. De partida era de Trumao, o sea que en verano uno arrastraba los pies y subía un polvillo que te hacía estornudar, ni hablar de las pelas en las rodillas cuando uno se caía, costra segura. En invierno con la lluvia, se formaba un fango que si te quedabas parado te empezabas a hundir y no te dejaba arrancar cuando querías picar para ir a buscar una pelota.

Historias hay varias, como cuando el Claudio no lavó sus chuteadores Lotto, esos mismos que usaba Zamorano, y al próximo partido no pudo ir a jugar porque se habían podrido o cuando el Trastorner se puso al arco y no encontró nada mejor que hacer unas bolas de barro, para tirárselas al delantero antes de patear... esa tarde salvó varios goles así y también le dio justo en la cara a uno.

Como en el sur llueve casi todo el año, al llegar a la casa también había show, porque parecíamos sacados de la película el Señor de las moscas en vez de haber venido de un partido de fútbol. De la reja ya escuchaba a mi mamá decir "¡Pero mira como vienen!", había que sacarse casi toda la ropa en la entrada e ir directo a la ducha, después la pobre vieja tenía que lavar separada esa ropa.

Ya de grande, tuve la posibilidad de ir a la verdadera, a  un Superclásico, con un River al borde de irse a la B, con Román en cancha y viendo a Palermo hacer su último gol: Climax total. Y para que lo sepan, es cierto lo que dicen, la Bombonera late, pero ni se acerca a como lo hace mi corazón cuando recuerdo esas pichangas en la nuestra.


Esta entrada fue publicado el 15 de julio de 2019.
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